Lealtades invisibles en la literatura
LOS MISERABLESIDENTIDADPSICOLOGÍA


Los Miserables es una de las obras clásicas de la literatura más reconocidas en la actualidad y quizás una de las más intimidantes debido a su extensión. Esta historia, de aproximadamente 1.600 páginas de ficción histórica, amor y miseria, ha perdurado hasta nuestros días porque retrata al ser humano con sus claros y sus sombras, con unas contradicciones, sueños, deseos y temores con los que es fácil empatizar porque reconocemos como propios un siglo y medio después de su publicación.
Si bien es verdad que el cine y el teatro nos han acercado una versión del libro muy completa y accesible, considero que la profundidad de algunos personajes se pierde en el proceso de adaptación (lo cual es lógico porque, al fin y al cabo, es una adaptación). Leyendo la obra original me he dado cuenta de que Victor Hugo nos presenta a los personajes de una forma muy curiosa: hablándonos de sus padres. El ejemplo más visual es Cosette, pues la muerte de Fantine es el detonante de casi toda la trama, pero hay otro personaje del cual no se sabe prácticamente nada de su pasado en las adaptaciones visuales y que, sin embargo, encarna uno de los dilemas más interesantes del libro en mi opinión: Marius Pontermercy.
Este joven, estudiante de derecho y revolucionario republicano, llega al punto en el que le conocemos en las adaptaciones después de atravesar una gran crisis política que es, en el fondo, una crisis familiar y psicológica en la que se juegan lealtades invisibles. En psicología, las lealtades invisibles son todo aquello que heredamos de nuestros padres (valores, creencias, conductas, mandatos…). La mayoría de las veces, estas lealtades funcionan como una guía rápida para tomar decisiones y constituirnos como personas, pero en algunas ocasiones pueden limitarnos, generarnos conflictos con otras partes de nosotros o de nuestro entorno e incluso hacer que, de forma inconsciente, acabemos repitiendo la historia (o partes de la historia) de nuestros progenitores e incluso de nuestros antepasados cuando ciertos patrones se repiten generación tras generación.
Lo primero que sabemos de Marius en el libro es que su padre, el coronel Georges Pontmercy, fue un oficial del ejército de Napoleón al que retiraron sus condecoraciones cuando se instauró la monarquía borbónica. El padre de este, Gillenormand, al ser monárquico rompió la relación con Georges y le obligó a separarse de su propio hijo, Marius, prohibiéndole cualquier tipo de relación o comunicación con éste. De tal manera que Gillenormand crio a su nieto inculcándole sus valores y creencias, sin hablarle de su padre. Cuando Georges fallece y Marius va descubriendo poco a poco toda la historia vital de su progenitor, siente que le debe cierta lealtad que entra en conflicto con la lealtad que hasta entonces debía a su abuelo (de quien había absorbido sus valores y creencias sin cuestionarlas, defendiéndolas y viviendo conforme a ellas). Es entonces cuando empieza a cuestionarse a sí mismo, a su abuelo y a la propia sociedad francesa de la primera mitad del siglo XIX. Tras una gran discusión con Gillenormand, rompe la relación con él tal y como hizo su padre, repitiendo la historia de este, y se marcha de casa. A partir de ese punto, Marius vive conforme su padre habría querido que viviera. Se convierte en la persona que su padre habría querido que fuera. Adopta sus valores políticos y los defiende, emula su estilo de vida e incluso se encarga de saldar las deudas que no pudo saldar su padre en vida. En resumen: Marius se convierte en una extensión de su padre. Y, como va siguiendo sus huellas, eso le conduce a una serie de dilemas morales que enfrentan la lealtad hacia su padre contra su propia brújula moral e incluso contra sus propios sentimientos cuando aparece Cosette en escena y se enamora de ella.
Estos dilemas aportan complejidad y riqueza al personaje y a la trama, pero también nos permiten mirar hacia nosotros mismos y reflexionar porque, a fin de cuentas, la crisis que atraviesa Marius es una de las crisis vitales que atraviesa el ser humano y que solemos acompañar en terapia a menudo: la formación de nuestra identidad. ¿Qué parte de nuestros progenitores mantenemos dentro de nosotros y qué parte no queremos que nos defina? ¿Quiénes somos cuando nos desligamos de ellos? ¿Qué valores son nuestros y qué valores son suyos? ¿Qué decisiones son nuestras y cuáles se han decidido ya en nuestra historia intergeneracional y hemos asimilado y adoptado sin cuestionárnoslas?
